Estimadas compañeras y compañeros,
Estamos comenzando otra elección interna y, como es habitual, hay muchas conversaciones previas dando vueltas. Es cierto que algunas son elitistas y a veces casi reservadas y otras tienen la gracia de que son un diálogo más abierto con dirigentes y militantes, que ayudan mucho para saber “la firme”, escuchar el sentido común que ronda en el partido o auscultar qué ideas y preocupaciones están dando vueltas. No recelo de ninguna de esas conversaciones, en absoluto, porque sirven mucho para decantar posiciones, fijar mejor qué está en juego y a veces también sirve para romper mitos que desactivan peleas inútiles. Eso sí, creo que es distinto el diálogo al arreglín.
Por eso escribo estas notas: creo necesario abrir un diálogo más amplio y abierto sobre nuestras propias conversaciones y quiero compartir con ustedes cómo veo esta nueva definición que enfrenta el PPD.
La pregunta básica que me he hecho en estos últimos meses es qué está en juego en esta elección interna. Me la hacía desde antes de la elección presidencial, porque era evidente para todos que existía el riesgo de perder. Ninguno de nosotros se sorprendió mucho con el resultado, ¿no?, y aún así todos luchamos con lealtad por ganar nuevamente. La voluntad no depende de lo que prevemos, sino de lo que queremos lograr. Yo tenía la aprensión de la derrota y, por lo tanto, mi pregunta era -desde antes- cómo debía enfrentar el PPD esta nueva etapa en nuestra vida política y qué debemos hacer por Chile.
Es una tarea distinta de la que hemos cumplido los últimos 20 años. Nacimos contra la dictadura y poco después pasamos a ser parte del gobierno. Yo mismo soy de una generación que empecé mi vida política luchando contra la dictadura, luego fui parte de una coalición con las responsabilidades de gobernar y no tengo experiencia de ser oposición a un gobierno democrático de derecha. Es algo nuevo, es otra etapa, y debemos mirarla como tal.
Quiero compartir con ustedes algunas convicciones básicas que ordenan mi mirada, mi intervención en estos diálogos previos y mi espíritu o mi ánimo sobre cómo encarar una definición sobre la conducción del PPD.
Trataré de enunciarlas del modo más estructurado posible para no latearlos con grandes tesis:
1. Somos oposición y vamos a ser oposición. Eso es lo obvio, lo natural y también lo más fácil. Cae de cajón. Pero nuestro destino no es ser oposición, sino recuperar la mayoría para un proyecto progresista. Ese desafío debe ordenar nuestras acciones y ser la base de nuestro propio diálogo con los cambios que ha vivido la sociedad chilena. Es un desafío de ideas, de propuestas, de iniciativas y de provocar despertares ciudadanos. Es un tiempo, dicho en términos clásicos, de crear conciencia en la gente sobre por qué no da lo mismo y acumular fuerzas. Ese es también un eje elemental para articular nuestra política de alianzas, esto es, cómo vamos a cuidar esta coalición progresista de centro-izquierda y cómo aseguramos que ella vuelva a ser mayoría.
Esto exige sincerar un punto: como Concertación perdimos la mayoría, no sólo presidencial, sino también parlamentaria y municipal. Negar esa realidad es cerrar los ojos a la evidencia electoral de los últimos años. Nuestra responsabilidad es revertir esa tendencia y, además, crear sintonía con aquellos ciudadanos que no están inscritos en los registros electorales.
Lo que quiero decir es que no tiene sentido refugiarnos en frases que se transforman en un tranquilizante frente a los cambios que debemos emprender. Yo prefiero la entereza moral de un juicio crudo y profundo sobre nuestras propias debilidades, que mira nuestras fortalezas, pero coloca el foco en lo que debemos hacer. Sólo si asumimos la derrota con ese espíritu es que podremos volver a ser gobierno el año 2014 y ofrecerle un proyecto serio a Chile. Si no recuperamos esa sintonía con la sociedad chilena, la derecha puede tener espacio para armar una mayoría política y social y mantenerse en el gobierno por otro o más períodos. No subestimemos esa posibilidad ni las fortalezas de la derecha.
3. Es clave agotar una discusión sobre nuestros diagnósticos y abrirnos a escuchar las interpretaciones de otros.
Sinceramente, veo con preocupación cómo algunas lecturas de la derrota tienden a la defensa de los roles que cada cuál ha tenido en esta historia: de qué son responsables los partidos versus de qué son responsables los gobiernos, como si hubiera una muralla china entre ambos. En estos debates siempre se corre el riesgo de construir discursos ad hoc para fundamentar una posición de poder. Ese es un fenómeno muy típico, todos lo sabemos, que se acentúa en tiempos de crisis. Tenemos que hacer un esfuerzo por atajarlo. Cada cual puede estructurar muy rápidamente los argumentos que le sirven y atrincherarse en una posición. Nos haría muy mal y vuelve más lenta cualquier deliberación política y cualquier diseño de acción.
No hay una varita mágica para evitar esas tentaciones, pero sí es clave crear un ambiente de diálogo, de respeto a la diferencia y tratar de evitar las pugnas vacías de poder. Mi posición a favor de un consenso en torno a la dirección del PPD se funda en esa preocupación y en esa necesidad.
Tenemos diferencias, por cierto. Yo mismo he sido parte de intensas discusiones en estos últimos años, pero el punto es otro: podemos elegir el camino de que estas diferencias cristalicen como posiciones de poder, y que ello mismo las vuelva más rígidas y distantes, o por el contrario nos disponemos a crear un ambiente de confianzas básicas que nos permitan abrir una deliberación sustantiva sin los ripios de una disputa de poder.
Creo que hay espacio para esto último y para que evitemos movernos desde el miedo o las desconfianzas.
Permítanme una reflexión adicional sobre por qué creo que tenemos que conjurar ese riesgo.
En la cultura de la izquierda, no así
en
Ya algo de eso ocurre. Es evidente que Arrate es una división del PS, independiente de su tamaño. Navarro también lo es y ya tiene su partido y alcaldes y redes sociales que tienen su peso. Enríquez-Ominami es otra división del PS, que además tiene la vocación –todavía más mediática que orgánica- de competir por el espacio cultural progresista del PPD.
Esa tentación a la dispersión tiene raíces culturales. En parte viene del anarquismo de principios del siglo XX y en parte nace de la tradición filosófica racionalista, que tiene estas vertientes mesiánicas y fundacionales: una idea es capaz de cambiar el mundo y, en general, se parte del principio que sólo hay una idea correcta y, por lo tanto, las demás no lo son. Luego, es obvio que si se tiene la convicción de “una idea correcta”, eso requiere articular poder en torno a ella para imponerla y cambiar las circunstancias.
Nosotros supimos romper esa tradición, muy incrustada en una vieja tradición de izquierda, valorando la diversidad, la pluralidad de valores y un sano liberalismo progresista. Nosotros tenemos otra base filosófica, que no la hemos explorado lo suficiente ni elaborado como tal, pero que se conecta con un sentido común profundo de la sociedad global contemporánea y de una intuición popular cada vez más madura. Es también una ética, que vale la pena comprender más en profundidad y pulirla como política.
Mi
convicción es que esa
identidad fundacional del PPD es determinante en estos tiempos de cambio y es
imprescindible para que
Un ejemplo de esto es cómo el cónclave de
4. Esta reflexión sobre el papel del PPD en
El PPD siempre ha sido visto con el recelo de la incomprensión sobre qué
es, qué tipo de fenómeno representa y qué espacio sociológico interpreta. Ha
sido así desde el comienzo. Tenemos que hacernos cargo, sin embargo, que eso se
ha profundizado como una desconfianza y que
El esquema parece impecable… pero es la teoría. La realidad repite una y
otra vez otra cosa: el
PPD es un partido que expande las fronteras de
Y con ello digo algo adicional: Piñera pudo ganar porque nuestras propias debilidades le dieron ese espacio. Que no hayamos sido capaces de promover y convencer sobre el impulso de una agenda progresista en la campaña de Frei es también nuestra responsabilidad. No debemos quedarnos con la queja de que no nos escucharon, sino que tenemos que hacernos cargo de por qué no fuimos capaces de hacernos escuchar. El principio de responsabilidad incluye ésta última.
¿Qué efectos tiene todo esto en esta definición interna del PPD?
En primer lugar, creo que en esta ocasión es mejor un consenso a la competencia. No le temo a la competencia y lo digo con la autoridad de ser Vicepresidente sobre la base de haber competido sólo juntos con Miriam Basáez hace dos años atrás, contra una lista completa que incluía a Girardi, Lagos Weber, Adriana Muñoz, Farías, Namuncura y Vivianne Blanlot. Ese no es mi punto ni tengo el complejo de demostrar que puedo competir. Lo que tengo es una convicción política estrictamente práctica: la competencia va a instalar una disputa de poder que va a desatar miedos y desconfianzas y nos va a ser más difícil crear un clima de confianzas para la deliberación política que necesitamos hacer.
No hay diferencias tan radicales ni insalvables que hagan imposible una base común, salvo que lo que se quiera hacer en realidad es justificar una posición de poder. Por lo demás, estamos en una etapa que requiere más bien una apertura a lo nuevo que la reafirmación cerrada de ideas.
Mi impresión es que estamos en condiciones de crear una base de gobernabilidad en torno a una directiva que encabece y promueva una discusión política sustantiva. Eso requiere un ambiente que despeje mitos y desconfianzas. Les confieso que yo siento -con orgullo- que una contribución que he hecho al PPD en estos últimos años, después de nuestra dura crisis del año 2006, fue reponer ese clima de confianzas y hacerle sentir a gente valiosa, que quiero y respeto, que tienen un lugar en el PPD y que van a ser resguardados sus derechos y su aporte político. Ese es un valor que debemos cuidar en este tiempo que nos toca enfrentar.
En segundo lugar, lo que diferencia un acuerdo de gobernabilidad de un arreglín es que sea abierto y transparente, discutido con más amplitud, y que se sustente en acuerdos políticos elementales, esto es, que vamos a abrir una intensa agenda de discusión política, que vamos a poner en marcha el Consejo Ideológico que acordamos en Enero (aunque recomiendo que tome más tiempo del ahí acordado) y que formemos equipos con una amplia integración para fortalecer nuestra organización y, sobre todo ahora, para preparar las elecciones municipales del año 2012.
En ese campo, sostengo puntos esenciales que he planteado en estos
años: que nuestro lugar es
En tercer lugar, tenemos que hablarle al país. Esa ha sido nuestra gran fortaleza. Aquello que nos llena orgullo es la capacidad que hemos tenido en nuestra historia para captar los cambios de la sociedad chilena, promover derechos ciudadanos, transferir poder a la gente y actuar con sensatez en los asuntos de Estado. La gente espera que nos hagamos cargo de sus preocupaciones y que propongamos un camino.
Chile está llegando a un punto de su desarrollo que exige nuevas respuestas. Las lógicas de la transición ya no hacen sentido y aún tenemos muchas tareas pendientes para que Chile sea una democracia sin apellidos y una sociedad justa y equitativa. Muchas de las reformas que emprendimos en estos 20 años requieren madurar y afirmarse. El sistema de protección social estaba recién consolidándose cuando perdimos el gobierno. Y, al mismo tiempo, Chile tiene nuevos desafíos en la economía global: no estamos abordando en serio los problemas de la inestabilidad laboral, hemos dejado de hablar y de fijar nuestra mirada sobre la competitividad del país y los más jóvenes saben que la educación no los está preparando para el futuro, no estamos preparando al país para la economía verde y la derecha sigue pensando que va a ser competitiva en base a bajos salarios y bajos costos laborales. La gente tiene interés en esos debates y nosotros tenemos la masa crítica para darles densidad a esa discusión de futuro.
Este espíritu es el que me ha animado a romper el cerco de los grupos y
promover un acuerdo que integre a todos. A fines de Enero, cuando ya se
acercaban estas definiciones, esto es, antes que corriéramos las elecciones por
el terremoto, fuimos nosotros, junto a otros compañeros, que invitamos a Jaime
Quintana a que tomara la responsabilidad de presidir el PPD, porque nos da
confianza, porque tiene un mérito notable de haber sido elegido senador en una
elección muy compleja, porque su propia elección representa la renovación
frente a liderazgos conservadores y porque es una figura emergente que puede
construir una nueva identidad pública. Les soy sincero, a ratos me duele que no
se valore el mérito de algunos compañeros como él. Por todo eso es que estoy
dispuesto a acompañarlo en
Compañeros y compañeras, estas notas tienen como propósito abrir una discusión, así es que esperaré ansioso sus reacciones y recibiré con gusto cualquier crítica hecha con buena fe. Nos vemos.














