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Prólogo del libro La Apuesta de Chile, Fernando Flores

Enviado por Jorge Insunza Gregorio de las Heras el 09/08/2007 a las 10:07

A continuación quiero compartir con ustedes el prólogo que escribí para el libro La Apuesta de Chile, de mi amigo Jorge Insunza:

Este libro nos ofrece un enfoque original, porque sitúa a Chile ante las fuerzas globales en las que ya se encuentra inserto. Nos entrega una interpretación sobre el suelo fáctico de donde emergen nuestras oportunidades y nuestros riesgos y traza un mapa de los fenómenos globales que envuelven y condicionan el futuro de Chile. Esto no es usual en nuestra literatura política, que tiende a encerrarse en discusiones locales, de corto plazo y escaso espesor.

El libro no escabulle el hecho de que hay un plano de la globalización que debemos aceptar como realidad, porque no depende de nosotros. Ante ella no tenemos otra opción. Pero eso no lo asume como algo inmutable o un designio que no pueda alterarse. Al contrario, nos abre la posibilidad de apreciar cómo se despliega esta globalización, indagar en su arquitectura y prepararnos para navegar en ella con éxito.

En esa mirada compartimos algo esencial. Jorge Insunza y yo llamamos facticidad al intento de capturar lo que ya está presente, definiendo posibilidades, a veces como oportunidades a veces como amenazas, o bien lisa y llanamente como conjeturas. Sobre ellas sólo resta hacerse cargo. Esta facticidad no es una mera recolección de hechos o interpretaciones ya hechas. Se trata de una base más compleja de hechos que son relevantes en la medida que nos constituyen como un futuro posible y que contienen, desde su formulación, una base interpretativa de las herencias identitarias que constituyen a los actores y la reserva de fuerzas creativas que hacen la historia, tratando de capturar más allá del presente.

La aspiración de producir una ciencia de los futuros predecibles o “futurología” –una especie de ciencia social aplicada- se convirtió en una fantasía. Los “planes quinquenales” quedaron desplazados por una era de la innovación permanente y de la impredecibilidad de los factores. Por eso hemos leído frases como “el futuro ya no es lo que era”, que tiene un sesgo nostálgico y resignado, o bien “predecir el futuro es imposible, por eso hay que inventar el futuro”, que tiene un tono voluntarista y a lo más es aplicable al mundo empresarial: en el mundo de la política eso no es posible. Pero lo que es posible y necesario es escudriñar cómo ciertas fuerzas –demográficas, de perfiles etáreos, de oferta y consumo energético u otras- nos permiten especular con cierto rigor las matrices de escenarios posibles que ya están tejiendo el drama de la historia.

Curiosamente, también nos encontraremos con lo que un reputado escritor de ciencia-ficción, Willian Gibson, dice: “el futuro ya está aquí, pero no está igualmente distribuido”. A eso, yo le agregaría: “la mayoría de las veces, ni siquiera nos hemos enterado”.

El libro parte, entonces, de esta mirada.

Desde el inicio hay un intento de poner a Chile en el contexto mundial y latinoamericano a partir de los fenómenos de poder en movimiento. Nos pone una alerta, que no es pesimista sino realista, esta es, que ya no estamos en una globalización liberal o abierta, como se la imaginó en los años ‘90. Al menos no es esa la globalización que hoy predomina. Por el contrario, el siglo XXI se abre con guerras, conflictos y focos de anarquía, con estrategias de dominio y hegemonía que tensan al mundo y con un predominio de Estados Unidos que será puesto en disputa por varios poderes regionales.

Esta globalización tiene rasgos más agresivos y conservadores en lo ético-político y en lo estratégico-militar. Pero eso no detiene otras de sus tendencias más sustanciales, en especial las revoluciones tecnológicas y su determinación en la configuración de los poderes, del cambio en el trabajo y en la creación de nuevos ciclos de valor.

Es necesario, entonces, dar un salto desde la ingenuidad al realismo: nos guste o no nos guste, Estados Unidos será la fuerza hegemónica mundial en los próximos 30 años. No decimos 50, ni menos en todo el siglo XXI. Primero, porque nadie puede predecir semejante cosa. Segundo, porque China va a surgir como una gran potencia económica, militar y política en el mundo. Por ejemplo, China ya tiene ahora el mayor número de usuarios de Internet menores de 30 años en el mundo y la mayor cantidad de personas con teléfonos móviles.

Por eso, ser hegemónico no significa ser omnipotente y tampoco contar con un poder inmutable.

La emergencia de otras potencias regionales, en especial de China, tendrá importantes efectos para nuestro país. También el entorno latinoamericano es un escenario donde nuestra posición de creciente influencia nos demandará tomar posiciones en el juego de fuerzas globales. Somos un país pequeño, señala Insunza, pero ya no tanto como para poder sostener una política de prescindencia.

Nuestra posición y los conflictos latentes en la región nos obligarán a tomar decisiones, a veces alejadas del mero idealismo ético o de un optimismo vacuo. América Latina puede ser un poder regional relevante en el mundo, pero para ello –como señala Insunza- debe encarar y no “esconder la naturaleza política de otros hechos y tendencias que se han vuelto más sustantivas y dominantes en la agenda de América Latina y que condicionan la posición de Chile: la voluntad de liderazgo de Brasil; el veloz crecimiento económico de China y el inicio de su expansión inversionista; el factor energético; el eje guerrilla-narcotráfico en el Amazonas y las exigencias de la política exterior hemisférica de Estados Unidos.”

El libro también explora una interpretación que a mi juicio es determinante: cómo las fuerzas económicas de la globalización están produciendo cambios de poder y cómo, en ese escenario, una política económica da cuenta y optimiza nuestra posición de poder como país.

Esa apreciación nos ayuda a una conversación sobre el proyecto-país.

La ideología dominante en Chile, de manera casi transversal, ha sido la de un ultra-liberalismo de mercado. Este imagina que el rol del Estado debe limitarse a ser regulador y una especie de lobbista internacional. Cuando se habla de visión de país o de proyecto de país, escuchan la amenaza de un dirigismo estatal, que huele a plan quinquenal. Pero, las grandes empresas mundiales tienen que mantener un balance entre la experimentación destinada a captar nuevos productos y clientes, los planes de expansión y desarrollo destinados a consolidar posiciones de mercados y el cultivo de una eco-esfera de proveedores y clientes principales en un mundo en permanente cambio. Y cada cierto tiempo, hacen giros estratégicos que redefinen el ser de la empresa, sabiendo que en los próximos cinco años muchas veces más del 50%-60% de sus ingresos vendrá de productos y/o sectores que hoy en día ni se ofrecen ni son parte de la empresa.

Países relativamente pequeños como el nuestro requieren consensos de este tipo, que suponen una discusión prolongada e intensa en esta dirección, no para producir planes, sino para generar un alineamiento espiritual y emocional, que produzca calidades y confianzas, para que las inversiones de las empresas, las instalaciones de empresas de punta y las políticas públicas, entre ellas –centralmente- la educación, logren el mayor impulso posible.

He aquí que trabajos como el de Jorge Insunza hacen un aporte imprescindible, porque nos dan un marco para capturar el trasfondo desde donde este alineamiento debe insertarse.

Los cambios mundiales también están produciendo sentimientos de inseguridad e incertidumbre. Algunos de los pasajes más originales y reveladores del libro son los dedicados a describir los rasgos de este ambiente, su ambivalencia, sus matices, su espesor en el clima del país y –luego- las consecuencias éticas y políticas que derivan de ello. El liderazgo político se está desenvolviendo en un fuerte nihilismo estimulado por el ambiente moral de la inseguridad. Este también es un fenómeno global, que marca especialmente a Occidente. La descripción aquí realizada nos abre una interpretación sobre cómo se están viviendo estos quiebres éticos en Chile.

Termina el libro con un Addendum, que en el fondo nos revela las claves del pensamiento del autor, nos expone la filosofía política con la que articula sus reflexiones. No es usual en nuestros políticos jóvenes una atención dedicada a temas más abstrusos y complejos para intentar resolver nudos de fondo. Más bien lo que se ve es una especie de comparsa discursiva, muy superficial, que ha alejado de nuestras elites la vocación intelectual por la comprensión. En ese sentido, aquí nos abre preguntas que bien pueden ser la base de un nuevo libro.

Ahora bien, toda interpretación, por rigurosa que sea, y en este caso la es, tiene elementos de sesgo, en el sentido hermenéutico que Gadamer le da al término: la vida y el carácter del intérprete están presentes en el trasfondo de la interpretación, como elemento necesario y constituyente. Por otra parte, soy amigo del autor y, por lo tanto, mis juicios también están condicionados por esa cercanía, que al mismo tiempo me permiten sopesar el significado de su obra y sus alcances.

Jorge es un hombre de carácter, de convicciones fuertes que han marcado su vida. Proviene de una tradición de izquierda que hereda, pero supera este marco de referencia. Desde su tradición y sus valores, que le son muy preciados, ha sido capaz de generar relaciones humanas auténticas con gente de creencias diversas y abrirse a múltiples corrientes de pensamiento político, filosófico y doctrinal.

Al igual que toda esa generación que luchó contra la dictadura, que corrió peligro, tiene una ambiciosa aspiración de justicia, igualdad y democracia, pero también está lejos de los idealismos imposibles o de nostálgicos resentimientos. Lo que a él lo define es la lucha por la dignidad del ser humano y la convicción de que en ese camino no hay en el horizonte una sociedad ideal donde todo eso va a ser posible, sino una lucha siempre abierta por cultivar esos valores y porque esos valores tengan espacios de poder en una democracia.

Este es un libro provocativo, orientado a generar conversaciones relevantes y a repensar nuestras acciones. Espero que tanto las viejas como las nuevas generaciones políticas y empresariales lo aprovechen. Por mi parte, lo valoro, lo recomiendo y lo agradezco.

Fernando Flores
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