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LA APUESTA DE CHILE

Enviado por Jorge Insunza Gregorio de las Heras el 08/08/2007 a las 13:51

Jorge Insunza G.

Publicado en El Mostrador

Para aquel que cambia la lógica de la empresa privada por la del sector público, la necesidad de pensar a Chile es vital. Si no, uno se acerca peligrosamente al riesgo cínico, que yo tanto desprecio, de mirar el poder por el poder, sin colocar un propósito y una ética por delante.

“Si asumimos que Chile hizo una apuesta por insertarse en el mundo que no tiene vuelta atrás, tenemos que cultivar una apreciación realista y concreta de nuestra posición de poder: de los cambios que nos van a impactar, de cuáles son nuestras oportunidades y espacios de acción y cómo ganarnos la legitimidad de un país confiable. Debemos precisar y robustecer nuestras fortalezas porque el mundo va a tener crisis y convulsiones. ¿Cómo cuidamos nuestra solvencia económica frente a los crujidos de la arquitectura financiera mundial? ¿Cómo aseguramos que Chile sea respetado por nuestros valores democráticos, nuestra justicia social, nuestra paz social, nuestra transparencia y nuestras libertades? 

A Michelle Bachelet le tocó bailar con un bello, no con la fea como sus antecesores concertacionistas. Pero que a veces el hermoso es más veleidoso, más exigente y menos amigo de las explicaciones. Chicos y chicas bonitas quieren bailar, y bailar bien.

Manejar la abundancia es quizás más difícil que manejar las crisis, como le tocó durante varios años a Frei y Lagos en lo económico y a Aylwin en lo político durante todo su periodo. Ante la aparente bonanza Bachelet sufre una escalada de demandas en las que participan no sólo los más desamparados, sino también sectores medios y empresariales.

Todo proyecto político requiere una épica. En estos tiempos ello no es fácil ya que campean dos fenómenos que la matan: el cinismo y el escepticismo. El cinismo es un cierto minimalismo militante. Sus cultores asumen con cierto desenfado los límites que colocan los distintos poderes, se acomodan a ellos y luego pierden la capacidad inventar y de soñar.

El escepticismo, en cambio, es fatalista, porque dice: “al final, no vamos a poder hacer nada”. Ese escepticismo produce desesperanza y resta energías a la movilización social

Yo creo que necesitamos un espíritu que se acerque a lo que llamo una épica del realismo, es decir, la épica que mira de frente las dificultades, las reconoce, las hace explícitas, las explica y –dentro de ellas- fija un camino de esperanza, de orientación y de acciones, de decisiones. El tiempo del discurso del optimismo, del tipo “piensa positivo” o “vamos por el camino correcto”, creo que ya terminó. A mi juicio, el discurso del optimismo tiene algo que lo acerca a la espera pasiva de un futuro mejor que debe sobrevenir.

Una épica del realismo, en cambio, es un espacio donde se prueba y se forja el liderazgo, que hace conciencia de lo árido del camino y de la dificultad. En ese marco, el eje discursivo es la lucha, no un paraíso lejano, abstracto y poco creíble. Por ello, las promesas incumplibles que buscan generar un clima artificial de optimismo, son cada vez más riesgosas, porque afectan la credibilidad y la autoridad de la política.

La historia de los partidos de la Concertación se acerca más a este espíritu. La épica realista está vinculada a las tradiciones políticas y culturales de nuestros partidos. Es parte de nuestra cultura política transversal, que nace de una preocupación central por la cuestión social: el paradigma liberal parte del supuesto de que existe un mecanismo natural del sistema que resuelve los equilibrios sociales y políticos. Este supuesto no era aceptado ni por la tradición de izquierda, socialdemócrata o socialcristiana.

Más allá de nuestras grandes utopías, las cotidianidad política de nuestros partidos se forjó en las luchas sociales y sindicales de los siglos anteriores: del espíritu republicano radical, de las organizaciones sindicales que gestó la izquierda, de las redes comunitarias que impulsó la DC, entre muchas otras expresiones, que han forjado en décadas y décadas una densa red social de nuestros liderazgos de base. El espíritu que ahí vive es esa lucha, esa voluntad, por vivir con dignidad.

Mi apreciación es que los chilenos, en general, sabemos o intuimos que no tenemos el futuro asegurado, que tenemos incertidumbres, que tenemos riesgos a perder el empleo, que cuesta una buena educación para los hijos, que estamos expuestos a una enfermedad grave o a una vejez con dificultades económicas. Ese sentimiento no es nihilista, sino que piensa –básicamente- que las cosas no son ni serán fáciles.

Lo que más se respeta, creo yo, es la honestidad, la cercanía de la transparencia; la capacidad de advertir, de dar orientación sobre el futuro; y de mostrar un compromiso duro y consistente en esa lucha por la dignidad.

 

 

 

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